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El fundamentalismo y la
intolerancia.
“Está tu verdad, está mi verdad y
está la Verdad” (Proverbio chino).
Para los espíritus sensibles,
entre quienes me incluyo, el hecho de alimentarse con la carne de cualquier
especie no está exento de la evocación del sufrimiento que deriva en la
muerte del animal que nos sirve de alimento y esto va más allá del modo en
que son maltratados los animales destinados a faena.
Creo que en los albores del siglo
XXI no existe basamento científico que sustente la inconveniencia, muchas
veces invocada, de sustituir esta ingesta por productos del reino vegetal
(hortalizas, frutos, semillas, etc.).
No obstante, a poco de adentrarme
en los insondables laberintos que nos conducen o alejan del conocimiento de
la auténtica razón de las cosas, si es que tal razón existe, encuentro los
primeros obstáculos que me impiden enunciar una proclama de semejante
envergadura sin caer en una actitud fundamentalista.
En este extraño Universo del que
formamos parte, la vida parece alimentarse sólo de muerte.
¿Quién puede asistir impasible al
macabro espectáculo de animales salvajes que, aparentemente impelidos por el
instinto, acechan, persiguen y degluten a otros, en medio de aullidos de
dolor y sobre la propia sangre de su presa?. En tanto otros se alimentan
sólo de hierbas o de frutos.
Algunos dirán que así son las
leyes de la naturaleza, argumento que el propio raciocinio impone refutar,
puesto que ningún hombre civilizado podría concebir una ley que estableciera
que el más fuerte o numeroso podrá someter a su antojo y sólo para saciar su
apetito, al más débil o menos numeroso.
Nada más alejado de los principios
rectores de una sociedad ideal en la que el principal, y acaso único, fin de
la norma es evitar que el débil o el menos hábil sea sojuzgado por el
poderoso o el más diestro.
Hay otros que promueven jerarquías
diversas en el reino animal, colocando al Hombre en el cenit de una pirámide
en cuya base se encontrarían los animales a los que la tradición o las
creencias destinan al consumo y en el escalón más encumbrado, a los que le
sirven de compañía y comparten la vida hogareña y en la mayoría de los
casos, se integran como un miembro más al núcleo familiar.
Así las cosas, se consume carne
de res o de otras especies por ser socialmente admitido su infortunado
destino y condenamos a las civilizaciones que se alimentan de perros y
gatos porque en occidente forman parte de la parentela humana a tal punto
que hemos descubierto en ellos virtudes y nobles sentimientos idénticos a
los reconocemos en otros congéneres: comprenden nuestras palabras, intuyen
nuestros estados de ánimos, prodigan y reciben afecto.
Tampoco puedo pasar por alto el
sufrimiento y la desesperación del animal salvaje que cae en las garras del
otro, del poderoso, del fuerte, del numeroso. Porque es evidente que si su
paso por la faz de la Tierra no tuviese otra finalidad que la de servir de
alimento a su predador, no opondría la menor resistencia y se entregaría
plácidamente a su suerte. Si así fuere, si mis ojos influenciados por
íntimas convicciones, fuesen los que distorsionaran mi percepción,
mostrándome un sufrimiento que en la realidad no existe, me vería impulsado
a preguntarme: ¿Por qué si su destino es ese, la misma naturaleza lo dota de
tal noción de supervivencia que emprende la huída frente al peligro? ¿Por
qué su victimario no aguarda a que la muerte lo alcance por el mero devenir
del tiempo para saciar su voraz apetito, en vez de apresurarla?
Así como el amor no encuentra sino
su verdadera esencia en nuestra propia condición de mortales y en el afán de
trascendencia del que está imbuido el ser humano, me inclino a pensar que
todo ser vivo, que como tal rehuye con pertinacia su finitud, idéntico
precepto correspondería aplicar respecto de las especies vegetales porque
toda planta germina, se desarrolla, florece y da frutos que contienen la
simiente que asegura su permanencia.
Sin embargo, su misma raigambre a
una tierra que los retiene e inmoviliza, los deja a merced de predadores tan
pequeños como porfiados que las devoran sin sospechar que el alimento no
está en sus raíces ni en sus tallos ni en sus hojas sino en los frutos.
La macabra rueda está lanzada;
aquel que un día será devorado por otro se ha pasado la vida alimentándose
de vegetales o de animales de menor porte a los que acechó, persiguió y mató
y el Hombre se vale de todos, los acosa, los encierra, los somete y les da
muerte, los utiliza en procesos industriales y en investigaciones teñidas de
sangre, como si fuese el más poderoso engranaje de una patética maquinaria
sin sentido.
Y llega a mis oídos la noticia de
que en un lugar más o menos cercano, una invasión de escarabajos obligó a
suspender las clases en las escuelas de determinada comarca. Los científicos
coinciden en que la presencia de esta plaga obedece a la notable disminución
del número de sapos que otrora habitaban la zona y para los cuales, los
escarabajos constituían su principal fuente de proteínas, amén de que en un
futuro cercano, un montón de seres vivos, para ellos, potencialmente dañinos
como los mosquitos (portadores de otras manifestaciones de vida como
microbios nocivos para la salud del Hombre y otras especies), proliferarán a
sus anchas porque no habrá suficientes sapos que los deglutan.
La realidad planteada con
deliberada crudeza no aplaca mi sentimiento de profundo rechazo que se
erige, incluso contra los aparentes designios naturales, pero me impide
proclamarlo como si se tratase de una verdad revelada o de un principio
científico que, como tal no admitiría objeción.
No enaltezco a quienes comulgan
con mis ideas lo que no haré jamás, será juzgar a quienes no las comparten
porque con ellos prefiero confrontar, debatir, intercambiar ideas que
contribuyan a encontrar esa Verdad por encima de nuestras verdades.
Alicia Donnici de Alfonsín
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