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Un encuentro con los Caí

A veces, un viaje de placer nos depara experiencias insospechadas, capaces de resumir la vida misma en un instante; un acontecimiento imprevisible que nos hace reflexionar acerca de nuestra propia existencia, nos enfrenta con nuestros ancestrales temores y nos muestra la real dimensión del Hombre.

Días atrás la naturaleza decidió obsequiarnos un espectáculo singular:

Unos diez o doce rezagados, nos disponíamos a cruzar uno de los estrechos puentes del Parque Nacional Iguazú cuando fuimos sorprendidos por aquellos chillidos. De inmediato detuvimos la marcha y todas las miradas se elevaron hacia la copa del frondoso árbol que se erguía sobre una de las márgenes del arroyo. Allí estaban ellos, también eran diez o doce que se movían de un lado a otro, columpiándose de rama en rama con envidiable agilidad.

De pronto sus voces estridentes se apagaron; el primero tomó impulso y saltó hasta el árbol de la orilla opuesta.

Uno tras otro treparon a la misma rama y brincaron con idéntica destreza.

Quizá algún peligro oculto en la espesa jungla o la búsqueda de alimento los obligaban a cruzar el arroyo.

Al cabo de un rato oímos unos gemidos agudos y desgarradores. Un mono, más pequeño que los anteriores, había elegido la rama más baja para intentar el salto, sin darse cuenta que, justamente ese era el camino equivocado ya que del otro lado no encontraría nada de que asirse. Corría hasta el borde, se detenía bruscamente, regresaba sobre sus pasos y lloraba con un llanto lastimero.

Una hembra de tamaño mediano con un bebé en sus espaldas -todos coincidimos en que era su madre-  se acercó presurosa y cruzando su brazo por encima del hombro del atribulado simio le dio consuelo, lo reconfortó durante unos segundos y con su larguísimos dedos en alto señaló a otro que bajo su atenta mirada, trepó hasta la rama más elevada, esa que a primera vista aparentaba ser la más riesgosa; llegó hasta la punta, observó detenidamente, calculó la distancia, tomó impulso y se lanzó sin ninguna dificultad.

Esta vez los chillidos jubilosos llegaron desde ambas márgenes del riacho y otra vez se llamaron a silencio, cuando el pequeño, con paso decidido trepó a la misma rama e imitó a la perfección cada movimiento de su predecesor. Contuvimos la respiración y también acallamos nuestras voces, en tanto mentalmente nos esforzábamos por infundirle el coraje necesario para emprender la aventura. Acaso sus temores eran idénticos a los que muchas veces nos desvelan.

Luego de una corta carrera, dio el tan anhelado salto, sin duda el primero, el que lo transformaría en un adulto que de allí en más enseñaría a saltar a otros más jóvenes. Por un instante su cuerpo quedó suspendido en el aire y con los brazos extendidos planeó hasta alcanzar la rama de la orilla opuesta.

De inmediato, la madre, cargando a su cría más pequeña sobre los hombros, brincó a su encuentro. El último en cruzar fue el más grande, el jefe del grupo, que había permanecido expectante aguardando que todos llegaran a la otra margen del río.

Nuestros rostros reflejaban alivio y emoción y voces de satisfacción en todos los idiomas volvieron a entremezclarse, pero a diferencia de los obreros de la Torre de Babel que abandonaron su construcción a causa de no poder comprenderse entre sí, optamos por comunicarnos mediante gestos, ademanes y mohines, al igual que los monos.

Horas después, enfrentaríamos las miserias cotidianas: la señora que robaba tres manzanas del restaurante y las guardaba sigilosamente en su bolso o los tres o cuatro que con prepotencia pugnaban por un helado o la mujer que atormentó a sus circunstanciales compañeros de ruta con quejas y reclamos imposibles o aquel otro que se ufanaba de haber burlado la prohibición de alimentar a los coatíes para que dócilmente fueran captados por su cámara. Y sentimos pena porque no habían entendido nada; para ellos todo se había reducido a unos cuantos monos brincando de árbol en árbol, quizá de una fotografía más en el álbum en el que sus rostros eran los protagonistas exclusivos y excluyentes de los primeros planos, a veces con alguna que otra cascada como telón de fondo.

 

 

   La mamá Caí salta con su bebé  y llega a la otra orilla

 

Al regreso, recurrimos a la enciclopedia: “Mono Caí o Capuchino: Especie que se extiende desde Venezuela hasta Argentina: emite quejidos cortos y frecuentes (similares a los que emite una cría recién nacida hambrienta); el llamado de alarma es un sonido distintivo, apagado como dos objetos de metal pesados golpeándose entre sí, con una tonalidad en dos frecuencias "clonk", un silbido creciente similar al de aves. Busca alimento de una manera destructiva rompiendo y dejando caer la vegetación, martillando las nueces contra las ramas y saltando ruidosamente de árbol en árbol. Los sonidos producidos en la búsqueda de alimento pueden oírse desde a través de largas distancias.

Hábitos: Diurno; arborícola;vive en grupos de 5-20, usualmente alrededor de 10. Se alimenta de frutos maduros, nueces de palma, artrópodos y pequeños vertebrados y algo de néctar. El mono capuchino marrón usualmente busca alimento en el nivel medio y bajo del bosque pero también come frutos del dosel alto. Este robusto mono capuchino encuentra alimento animal destrozando la vegetación muerta y come prácticamente todo animal pequeño que encuentre, incluyendo marsupiales, huevos y pichones de aves y lagartijas”.

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